Ficha botánica
Nombre botánico: Commiphora myrrha (Nees) Engl.
Familia: Burseraceae
Parte utilizada: resina (oleogomorresina)
Extracción: destilación por arrastre de vapor
Origen: Somalia, Etiopía, Eritrea, Yemen y Omán
El aceite esencial de mirra se ha utilizado desde hace milenios en casi todas las culturas. Y casi siempre para lo mismo: para acompañar lo sagrado, lo profundo, lo que no se dice con palabras. Si el incienso es el aroma que eleva, la mirra es el que desciende. El que baja contigo a lo hondo. Y en ese descenso, curiosamente, hay consuelo.
En este cuaderno te cuento su historia, su amargor, su dimensión espiritual y su vínculo con las mujeres que la portaron. Porque la mirra es, quizá, la más íntima de todas las resinas. Y también la más valiente.
La lágrima amarga del árbol
La mirra es una resina natural del árbol Commiphora myrrha: pequeño, espinoso y de flores blancas, crece en el noreste de África y en la Península Arábiga. Para obtenerla se hace una incisión profunda en la corteza. Entonces el árbol deja fluir una savia amarillenta y viscosa que, al endurecerse al sol, forma gotas en forma de lágrima. Se recogen y se destilan al vapor para lograr el aceite esencial.
Su propio nombre lo dice todo. Mirra viene del árabe murr, que significa “amargo”. Y así es su aroma: oscuro, penetrante, ligeramente amargo. Un aroma que da fondo y una dulzura profunda a todo lo que toca. No es un aroma fácil. Es un aroma que va en serio. La mirra no se lleva para gustar a nadie; se lleva para volver a una misma y transitar las iniciaciones de la vida.
Los sesquiterpenos, la molécula de la espiritualidad
Aquí está la clave de por qué la mirra acompaña lo sagrado desde siempre. Es rica en sesquiterpenos, igual que el incienso o el sándalo. En aromaterapia, autores como Salvatore Battaglia señalan estas moléculas como las más ligadas a la dimensión espiritual del aroma: las llaman, de hecho, las “moléculas de la espiritualidad”.
Son las que favorecen estados mentales relajados, hondos y receptivos. Los estados propicios para la meditación, para la introspección, para el silencio que precede a lo importante. No es casualidad que la mirra, el incienso y el sándalo, los tres grandes de lo sagrado, compartan justamente esa familia de moléculas. Cuando el cuerpo huele un sesquiterpeno, algo se aquieta por dentro. Es un aquietarse antiguo, anterior a las palabras.
Compañera del incienso
La mirra y el incienso son pareja. Van juntas en la historia, en la Biblia y en los templos. En el antiguo Egipto se quemaban las dos en los templos de Ra, el dios del Sol, justo al mediodía, en el momento de su mayor poder. El aroma fuerte de la mirra reflejaba la fuerza del sol en su cénit. A nivel aromático y emocional, es un aroma que promueve la conciencia espiritual y nos acerca a lo sagrado y a lo mágico. Donde uno se eleva, el otro arraiga.
La resina que no huye del dolor
Hay algo que hace única a la mirra. En un mundo que aparta la mirada de la tristeza y de la muerte, ella no huye. La mirra acompaña el duelo, la pérdida, los finales. No para taparlos con un aroma alegre, sino para estar ahí, al lado, sin prisa y sin acelerar el proceso. Por eso es un aceite de consuelo. Nos recuerda que también lo que duele merece ser habitado con presencia. No todo aroma sabe hacer eso. La mirra sí.
La mirra en el antiguo Egipto
Egipto la veneró. El papiro Ebers, uno de los registros más antiguos de la humanidad (hacia 1500 a. C.), ya recogía la mirra entre sus cientos de fórmulas. Formaba parte, junto al incienso, del ungüento con el que se embalsamaba a los muertos. Pero su aroma no se quedaba en lo funerario: conectaba con lo mágico, con los cultos y con las deidades. En Egipto, la muerte y el culto compartían el mismo perfume.
Un himno a Isis en su templo de File pedía a la diosa que recibiera la mirra llegada de Punt, para que su corazón se alegrara con ella. Porque, aunque los egipcios ligaron la mirra a la muerte, también la unieron al placer, a la alegría de vivir y al poder. Era una de las fragancias preferidas de Hathor, la Dama de la Alegría, y entraba en muchos de sus perfumes más célebres. Sus textos funerarios imaginaban al alma feliz, viviendo y comiendo bajo los árboles de mirra del Otro Mundo. Vida y muerte en un mismo aroma: esa es, quizá, la gran lección de la mirra.
El regalo de los reyes
La mirra viajó por el tiempo y las culturas. El Nuevo Testamento la nombra como uno de los tres regalos que los Reyes Magos llevaron al Niño: oro, incienso y mirra. Tres obsequios, tres símbolos. El oro para el rey; el incienso para lo divino; y la mirra… para lo que habría de venir. Porque la mirra, la resina que unge a los muertos, anunciaba ya el umbral. Un regalo que era también, en voz baja, una profecía.
Las mirróforas
Y aquí se abre una puerta que quiero cruzar contigo en el próximo cuaderno. Durante siglos, fueron mujeres quienes portaron la mirra. Se las llamó mirróforas: las portadoras de mirra. Fueron ellas quienes, al amanecer, llevaron mirra y aromas para ungir un cuerpo amado. Y fueron ellas, con María Magdalena a la cabeza, las primeras en encontrar la tumba vacía. Las primeras testigos, con las manos aún oliendo a mirra.
La mirra, otra vez, sosteniendo el umbral entre la muerte y la vida. Y unas mujeres sosteniéndolo a ella. De las mirróforas, de la Magdalena y del camino de la rosa mística te hablaré largo y tendido muy pronto, en un cuaderno dedicado solo a ellas.
En perfumería
En perfumería botánica, la mirra es una gran nota de fondo. Su amargor ligero y su carácter oscuro y profundo la convierten en una fijadora estupenda: sostiene y da hondura a los aromas más ligeros y dulces, y hace que un perfume dure y respire. Roma ya lo sabía, y la incluía en composiciones célebres como el perfume Murra. Un aroma que no se lleva por sí solo, pero sin el cual muchos otros no serían lo que son. El cimiento invisible sobre el que se sostiene lo bello.
Un ritual sencillo
Para bajar a lo hondo. Pon una gota de mirra bien diluida entre las manos, o quémala junto a un poco de incienso. Siéntate en silencio. Respira despacio. La mirra no te lleva hacia arriba, como otros aromas: te lleva hacia dentro, y hacia abajo, hasta ese lugar tranquilo donde todo pesa un poco menos. Quédate ahí el tiempo que necesites. La mirra sabe esperar.
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Una nota, desde nuestra mirada: los aceites esenciales no sustituyen ningún tratamiento clínico. Y no vienen a arreglar nada, porque, para nosotros, no hay nada que arreglar en ti. Son una herramienta de acompañamiento. Desde nuestra visión vibracional, seres muy puros que te acompañan allá donde estés.
Cristina Viciana · aromaterapeuta y perfumista botánica, experta en aromaterapia vibracional. Ananke, cosmética botánica en Granada. La belleza que nace de volver a ti.

